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DDN. El denominado confinamiento o cuarentena que se cumple –con variantes- en casi todo el mundo como consecuencia de la declarada pandemia del COVID 19, muy lejos de colocarnos en un pie de igualdad en las distintas clases sociales, ha puesto más a la vista que nunca las groseras desigualdades.
Mientras en los barrios de la alta sociedad y en los lujosos desarrollos privados las quejas del encierro giran en torno a la necesidad de salir a trotar, poder viajar, o trasladarse a fincas de fines de semana, en el otro extremo social se padecen las necesidades básicas, la pobreza extrema, el desamparo, el hacinamiento y como broche de oro, el temor policial del Estado, ausente para todo menos para reprimir.
Se decreta obligatoriamente el uso de barbijos, y la especulación empresaria llevó los precios a las nubes, obligando a los funcionarios a renombrar rápidamente como tapaboca a cualquier elemento que los pudiera sustituir, mientras los especuladores siguen gozando de excelente salud.
La baja señal de NETFLIX, los retardos en los turnos bancarios, y la escasez de algunos elementos suntuarios en las góndolas o la pesada tarea de escolarización hogareña, parecen consumir todas las preocupaciones de la menor parte de la población favorecida por las desigualdades.
Mientras la mayoría postergada sólo atina a procurarse la alimentación básica, postergar el pago de tarifas de los servicios, y hacer lo posible y lo imposible para tolerar el hacinamiento de familias enteras en un solo ambiente carente de toda comodidad.
Las pautas publicitarias de algunos medios crecieron hasta la estratósfera en la emergencia, para enseñar con cansina reiteración cómo lavarse las manos cada dos horas, como usar el alcohol en gel y cómo colocarse los barbijos, mientras desde la pobreza marginal las recomendaciones suenan a ficción, ya que para empezar no tienen agua.
Las poblaciones indígenas y los pequeños productores rurales ven pasar los meses del calendario agrícola que en la ciudad ni se tiene en cuenta, y mientras desperdician sus cosechas por obligado acopio ante la falta de comercialización normal, fundan su sustento diario en el consumo de su propia producción y se empobrecen aún más.
Y en las villas y asentamientos de las ciudades la pobreza estructural hace estragos, el hacinamiento habitacional y la falta de condiciones de higiene mínimas, hacen padecer iniquidades a los pobladores y los marcan claramente como futuros grupos de riesgo mayor para que la pandemia se extienda.
Si el COVID 19 se replica finalmente como en otros Países y se multiplican los casos de contagio, se develará la mentira de que es un virus que no distingue sectores, afirmación vacía que repiten los que están en las clases acomodadas y de economía resuelta.
La propagación del virus se diferenciará claramente entre los escasos personajes que volvieron de vacaciones europeas o caribeñas y se recluyeron en sus cómodos hogares para curarse, y los que viven sin agua, sin posibilidad de higiene, sin alimentación adecuada, en hacinamiento contagioso y peligroso aliento con aliento, sin dinero, en hospitales públicos carentes de infraestructura adecuada o en improvisados vivacs.
Y cuando la pandemia haya sido controlada, América Latina tendrá treinta millones más de pobres extremos, Argentina habrá subido en seis puntos su índice nacional de pobreza e indigencia, se habrá perdido la escolaridad regular, los trabajadores informales no tendrán ni siquiera su empleo no registrado y mal pagado, y la brecha social –grieta para algunos- se habrá aumentado considerablemente.
Mientras el Estado Nacional sigue mirando para otro lado en vez de establecer una Renta Básica Universal para los más carenciados librados a su suerte y amenazados de represión brutal si violan la cuarentena por tener que comer, se va a fijar por única vez un impuesto de emergencia.
A esa escasa contribución que harán los especuladores, los fugadores de divisas, coimeros de la obra pública, evasores y oligarcas exportadores, se le llamará eufemísticamente impuesto patriótico, para evitar exponer que es una mínima devolución del ilegítimo enriquecimiento de algunos pocos, acumulado en base al empobrecimiento de todos los demás.
Sólo diez personas en Argentina reúnen en sus cuentas U/S 34.000 millones, y tiene la grosera caradurez de pedir a gritos que el Estado debe asistir a los empresarios en la emergencia, ellos que en todas sus histéricas y aburridas vidas materialistas se dedicaron a denostar el mismo Estado que los enriquecía cada minuto.
El asistencialismo del gobierno de Alberto FERNANDEZ no alcanza; la pobreza marginal en riesgo cierto de contagio masivo no se solucionará con bolsones ni con IFE, y no parece estar en los planes del oficialismo
intentar siquiera afectar los grandes intereses económicos, limitándose sólo a la emisión inflacionaria, que otra vez más, afectará a los sectores de menores ingresos.
Que la emergencia no da lugar a desarrollo de planes políticos que generen los cambios que nuestra sociedad reclama, puede ser cierto, y que la urgencia del control de la pandemia obliga a parchar la economía de los hogares pobres de manera insuficiente, también puede ser la única alternativa de hoy.
Pero una vez superada la crisis viral transitoria, subsistirá la otra crisis social permanente, que tolera increíblemente las mayores desigualdades y las más espantosas injusticias sociales, generando cada día más pobreza y menos oportunidades.
Y no habrá lugar para tibios, comprometidos, cómplices ni socios del estatus quo, y con un camino de férrea unidad de las clases postergadas, habrá que exigir, ya no reclamar ni pedir, el cambio real de una estructura económico social para una nueva Argentina.
Una nueva Argentina tantas veces prometida y nunca realizada, y sin lugar a más demoras habrá que planificar y utilizar todos los medios al alcance de las mayorías reprimidas, para la derrota definitiva de las minorías represoras.











